lunes, 25 de noviembre de 2019

Casera, caserita...




El negocio de mi barrio siempre ha estado alli, también los vendedores en cada esquina.
Cuándo dejé de frecuentarlos?
Cuando tuve otras opciones para decidir dónde, cuándo y cuánto comprar. Y a todos nos pasó. Se le dió un giro a la rutina de muchas vidas cuando aparecieron lugares más amplios, mejor iluminados y atendidos para realizar las compras necesarias y las "otras".  Con tanta oferta, sí no nos gusta algo buscamos otra cosa, otro precio, otra disposición del vendedor. Reemplazamos la "libreta" en el negocio de la vecina por el práctica tarjeta (que para algunos, implica pagos pequeños e interminables, pero consentidos); paseamos, nos dejamos ver en los lugares que marcan status y todo voluntariamente.  Esa es la culpa del consumidor, del casero; y la culpa del oferente es su falta de disposición para atendernos, sus pocas y agrias respuestas y, algunas veces, su kilo de 800 grs.
Oferta y demanda... dos conceptos que hacen nuestra libertad de escoger en el comercio.
- Casera... lleve lleve, son siete zapallos italianos por mil y al llegar al mesón de la cocina, sólo cuento seis. Juro que no le compraré nunca jamás... hasta que otro día paso apurada por esa esquina y le vuelvo a creer.

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